Semana Santa
de Cartagena

 
Virgen de la Soledad
 
Para poner en marcha el proceso de reconstrucción de la Imaginería perdida se cruzó una nutrida correspondencia entre el artista llamado a protagonizarlo y Juan Muñoz Delgado, quien como primer comisario general dirigía prácticamente la cofradía en ausencia del hermano mayor Antonio Ramos Carratalá.

A comienzos del año 1941 ya estaba tomada la decisión pues así se le comunicó al artista, reanudándose unos lazos surgidos esta vez de la necesidad y de la tragedia. Capuz no dudó en contestar y en aceptar el ofrecimiento que se le había hecho. Lo importante era que José Capuz se comprometía a realizar –finalidad para la cual se había entrado en contacto con él– la imagen de la Soledad y a entregarla para su desfile de 1942, siempre que el encargo fuera inmediato y se aceptara un precio “entre diez y once mil pesetas”, cifra que debió de parecer excesiva. En realidad el encargo que recibió Capuz fue realizar una mascarilla, ni siquiera un busto completo, pues “como va toda tapada no necesita pelo, ni trabajo en la cabeza.” De ahí que el presupuesto efectuado por el escultor se refiera a una obra de más talla, incluyendo manos y pies, así como devanadera. La tasación fue estipulada por Capuz en seis mil pesetas, cantidad sensiblemente superior a la de dos mil quinientas en la que fue contratada la talla de 1925, si bien el artista, llevado por su generosidad y afecto especial hacia la cofradía indicaba finalmente que “como caso excepcional, someto a su aprobación la cifra de pesetas seis mil”.

Durante la Semana Santa de 1943 procesionó por vez primera la nueva imagen de la Soledad en la que el maestro volvió a mostrar sus cualidades, al concentrar la intensidad expresiva de unos rasgos de perfiles acusados, junto a sutiles matizaciones cromáticas. La severidad de la forma se traduce en la serenidad de unas facciones difíciles de obtener con tan pocos medios, pero capaces de dominar el marco profuso que les rodea. Capuz, como antes Salzillo y tantos imagineros españoles, tuvo que superar las limitaciones impuestas por la imagen de vestir, restricciones que la obligaban a excitar su imaginación. El artista tenía que rivalizar con atuendos y vestiduras, bordados y joyas riquísimas que completan y adornan la imagen, ya que a través de ellos se proyectaban los sentimientos religiosos de la colectividad. Al mismo tiempo la sensación de realidad se acusa por todas estas piezas que envuelven la escultura y que alcanza su plenitud dinámica y naturalista en el movimiento del desfile. Contra todos estos inconvenientes tenía que enfrentarse el imaginero para concentrar los valores de la escultura en el rostro y en el lenguaje de las manos.

Lo que sorprende y admira al mismo tiempo, es que a pesar de la insistencia en que realizara una copia de la anterior imagen, Capuz entregó otra distinta. La Soledad de 1943 nada tiene que ver con la Soledad de 1925; son extraordinariamente diferentes y muestran la capacidad profesional del artista para que su creación individual se rebele contra imposiciones y condicionantes. En la imagen desaparecida había una actitud de concentración casi mística, que encajaba en la línea de ciertas Dolorosas españolas. Por el contrario, en la nueva pieza Capuz ha estado quizás más acertado al concebir una imagen mucho más abierta en la que la intensidad de unos rasgos dramáticos, fuertemente condensados, son en cambio capaces de transmitirse y desplazarse más allá de la propia talla para incidir directamente en quien la contempla. Diríase que Capuz ha sabido adaptarse a las características del trono y ambiente cartagenero y explotar, a su vez, todas las posibilidades enriquecedoras que tales circunstancias le permitían. [1]

[1] Elías Hernández Albaladejo. Capuz, un escultor para la Cofradía Marraja.