Semana Santa
de Cartagena

 
Santísimo Descendimiento de Cristo
 
La generosa aportación de Juan Antonio Gómez Quiles, a la sazón hermano mayor de la Cofradía Marraja (1924-1936), hizo posible que en los primeros días de abril de 1930 Capuz entregara el extraordinario grupo conocido como el Descendimiento, acaso la obra maestra de la imaginería pasionaria cartagenera.

La composición es pictórica, cerrada y ligeramente descentrada, como si fuera un rectángulo rematado en medio punto. La cruz es muy baja, la silueta compacta y densa, hasta en el tratamiento del letrero rodeado de palomas, nada ligeras, muy frecuentes en su obra, tal vez influidas por las que Gaudí hizo revolotear por la fachada de Navidad de su Sagrada Familia. Las novedades que en composición y distribución de figuras había aparecido en sus obras anteriores se hicieron más fuertes, pues restó protagonismo a la cruz, que habitualmente triunfaba como silueta dominante en estos grupos, para dársela a las figuras que hay ante ella.

La heterodoxia escenográfica de Capuz se extendió más allá de lo novedoso de sus figuras pues hasta alteró la disposición tradicional del letrero, aquí convertido no en un epígrafe fríamente repetido sino en una cartela que sirve de soporte a unas palomas que contienen todo un mensaje iconológico. No es de extrañar el profundo desagrado que en un principio produjo la obra en Cartagena, a pesar de los encendidos elogios que despertó cuando fue expuesta por primera vez en los salones de ABC de Madrid. El grupo resultaba extraño para una mentalidad mediterránea, más apegada al concepto narrativo y grandilocuente de los imagineros locales. Su sentido absolutamente plano, más próximo a la concepción del relieve y a lo que en el siglo XVII se consideraba como escultura de dos puntos de vista, hizo que no fuera considerado en un principio como una imagen apta para el desfile procesional.

Capuz sintió en esta obra como los primitivos flamencos la necesidad de representar a sus figuras en un primer plano compacto, cargando en una sola dirección toda la intensidad dramática, de la misma manera que Van der Weyden lo hizo en su Descendimiento del Museo del Prado. El escultor ha desequilibrado aquí, hacia un lado, el grupo en una diagonal de dolor, entrelazando las figuras del Cristo y de la Virgen, aproximando sus cabezas para acentuar, si cabe aún más, la instantánea dramática que llega incluso hacia la Magdalena arrodillada a los pies de aquélla, de espaldas a la visión frontal y con los brazos en alto como si fuera una heroína de tragedia griega. En cambio, la figura de San Juan, a la derecha, parece tan sólo la de un espectador que contempla el drama que viven las dos figuras femeninas.[1]

       
  MARÍA MAGDALENA (JRF)   GRUPO ESCULTÓRICO (MRC)   DETALLE DEL GRUPO  (JRF)  

[1] Hernández Albaladejo, Elías. Capuz, un escultor para la Cofradía Marraja.