Semana Santa
de Cartagena

 
Cristo Yacente
 
El éxito alcanzado por Capuz ante el reto que supuso una obra de tantas referencias sentimentales para Cartagena, fue motivo suficiente para que se convirtiera en ese “escultor de fama” que buscaban los marrajos. La ambiciosa tarea de renovación, iniciada con la Piedad, con el propósito de conseguir “un verdadero derroche de arte” ya tenía al artista capaz de realizarla. De esta forma, Capuz recibió el encargo de la pieza fundamental de la procesión del Santo Entierro como era el Cristo Yacente. De nuevo tenía que afrontar un trabajo que sustituyera al viejo Sepulcro de autor desconocido, que desfilaba en la noche del Viernes Santo, pero en esta ocasión no se trataba de una notable imagen con la que competir.

Capuz recogió la tradición hispánica de estos Cristos muertos, pero una vez más ofreció muestras de sus dotes de gran escultor. Se trata de una imagen procesional, es decir en la calle, que necesita un lenguaje propio y unos recursos condicionados al movimiento provocado por el suave deambular del paso. Capuz supo comprender que aquí era tan importante la composición naturalista de la imagen como la forma con la que ha de ser contemplada desde los distintos puntos de vista instantáneos, por lo tanto, cambiantes que tiene el contemplador. Lejos de ejecutar una obra basada en una solución horizontal, Capuz evitó la rigidez habitual y levantó al Cristo para adaptarlo a la altura de los tronos cartageneros. Como artista quería que la fastuosidad del trono no impidiera la contemplación de la imagen y entendía que la escultura tenía que ser el protagonista indiscutible del paso. Para que el Yacente fuera visto sin obstáculo alguno, no sólo rompió la tradicional disposición horizontal, sino que creó una silueta sinuosa y quebrada en la que sus puntos más altos están formados por la cabeza y la línea descendente de sus rodillas. Así se explica que pensando en esa visión totalizadora la cabeza aparezca erguida sobre unos grandes almohadones, demostrando que la difícil postura de un cuerpo muerto tendido no era un impedimento. Antes bien, su capacidad innovadora fue capaz adoptar soluciones que desde el más estricto sentido compositivo no eran revolucionarias, pero permitieron que el espectador, desde un lado de la calle y dirigiendo la mirada hacia lo alto, pudiera contemplar el rostro muerto de Cristo. Este sería el valor más interesante de este nuevo paso marrajo que llegó a Cartagena en marzo de 1926, precedido del éxito que obtuvo en Madrid.[1]

       
  DETALLE DEL ROSTRO (JRF)   CRISTO YACENTE (JRF)   DETALLE DE LAS PIERNAS (JRF)  

[1] Hernández Albaladejo, Elías. Capuz, un escultor para la Cofradía Marraja.